Los trastornos del espectro autista se manifiestan desde la más temprana infancia e incluyen una serie de síntomas que dificultan la convivencia familiar.

Además de los posibles retrasos en el desarrollo, los menores que lo padecen presentan retraso o ausencia de lenguaje, dificultades en la interacción social, comportamientos repetitivos, estereotipados o agresivos así como una alta susceptibilidad a infecciones. El tratamiento recomendado puede combinar la farmacoterapia con educación especializada, terapia de lenguaje, física y ocupacional así como entrenamientos en habilidades sociales básicas.

Ante esta situación se advierte que tener un hijo con trastorno del espectro autista es altamente demandante, tanto en lo material como en lo psicológico y lo económico. Tener un hijo que no responde a la sonrisa de la madre, o a los cuidados que recibe, puede ser profundamente frustante; albergar la preocupación por el futuro de un hijo que es incapaz de valerse por sí mismo puede ser angustiante. El cansancio, las regresiones, los gastos y ocupaciones constantes abonan a la merma psicológica de los padres.

La atención recomendada para los padres y cuidadores de menores con este diagnóstico se organiza en dos niveles diferentes. El primero es informativo. Es necesario que conozcan y comprendan en qué consiste el trastorno, cuál es el pronóstico y sobre todo, qué tratamiento es el más recomendado y en qué recursos puede apoyarse. Existen servicios de salud que se ofrecen por parte del sector público, hay también asociaciones civiles cuya población objetivo son precisamente las familias donde hay miembros con autismo, hay finalmente servicios privados y en suma, le conviene a las familias conocer con qué recursos cuentan en sus comunidades y cómo se pueden beneficiar de ellos.

En un segundo nivel se intentaría atender las necesidades emocionales de los familiares. Esto es, validar sus inquietudes, dudas y emociones asociadas a la enfermedad de sus hijos; examinar sus expectativas acerca de la evolución de la enfermedad; analizar el efecto sobre la familia, en la relación con otros hijos y entre los cónyuges, contener ansiedades, culpas, etcétera.

En otras palabras, los padres se verían altamente beneficiados de iniciar procesos psicoterapéuticos con personal especializado en el tema. Los hay en formatos grupales o individuales. Se puede llevar a cabo a modo de asesoría cada que se deban hacer ajustes en la adaptación a la vida cotidiana, o como procesos terapéuticos intensivos. Lo importante es que se puedan brindar el espacio para hablar, ser escuchados y escucharse entre sí y a sí mismos. Y más allá de eso, el acompañamiento terapéutico ayudaría indirectamente a sus hijos. Como lo diría el padre de una niña con autismo, “para poder estar ahí, atento, cuando tenga avances”.